Lo último

CAMA Y CUENTO.

Editorial Anaya, colección Sopa de Libros.

Ilustraciones de Lucía Serrano.

Le debo mucho a Ballobar, patria de los cuentos.

En Ballobar, por primera vez, descubrí que había alguna continuidad en lo que había escrito hasta entonces. Desde aquella noche mágica (Carmen y Merche saben mejor que yo en qué año fue) empecé a tomarme este trabajo (y a mí mismo) un poco más en serio.

Ballobar fue la cuna de los clubes de lectura Leer Juntos, y sólo por eso ya debería figurar en todas las guías culturales de este país. Y cada dos años se celebra allí uno de los congresos sobre Literatura Infantil y Juvenil con más sentido.

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Y en Ballobar nació este librito, una mañana en la escuela, con Olga sentada en mis rodillas y otros muchos niños a nuestro alrededor. El pequeño drama de Olga era que su madre últimamente no le contaba cuentos. Allí mismo se me ocurrió una idea, una pequeña gamberrada que transformé en cuento. Le di vueltas durante meses, lo aparqué, lo saqué del garaje, hice alguna versión, lo volví a encerrar. No sé en qué otro colegio, una niña me dio la clave que le faltaba. Hablábamos de “En un bosque de hoja caduca”, y ella me decía cosas de parte de su madre, que también lo había leído. Y allí estaba, claro: este cuento fallaba hasta entonces porque sólo lo veía desde el prisma de la niña, pero ¿y la madre?

Y aquí está. Una vez más, no Literatura Infantil (o eso intento), sino literatura sobre la infancia, sobre la etapa de la infancia, tan pequeña en años, pero con tanto peso en nuestras vidas. En lo bueno y en lo malo.

Ni siquiera sé en qué momento hablan las dos, madre e hija, de cuando Malva aprendió a leer y se acabaron las noches de Cama y Cuento. Lo intuyo, pero como no lo he escrito, lo dejo al lector. Que él lo intuya, que lo sepa, o que no.

Y Lucía Serrano, claro. Me enternece cómo ha entendido lo que había en el texto. Lo ha ilustrado deliciosamente, no hay otra palabra. Es un gusto, Lucía, va por ti, por Malva, nuestra “hija”.

Y dos agradecimientos más: Palma, mi motor en estas cosas del escrivivir, ya que vivir a secas se me da bastante peor. Me empujó, me ayudó, me corrigió, me sugirió. Y Rocío, editora de verdad: no de “sí” o “no”, sino de venga, de las de “nos arremangamos, y a ello”.

Sólo falta algo: ¿cuándo acabamos con esa herida en los lomos del libro, ese “a partir de… años”? Me duele, cada vez: es como un clavo mal puesto en la herradura de un caballo: entra en la carne.

Y, en fin, ya estoy deseando que alguien lo lea, y podamos empezar a entenderlo: no es hasta que voy a un colegio para hablar de un libro que empiezo a comprender el sentido de lo que escribo. ¿Cuál será el de Cama y Cuento, más allá de las apariencias?

PARA VER Y DESCARGAR EL PRIMER CAPÍTULO:

http://www.anayainfantilyjuvenil.com/catalogos/capitulos_promocion/IJ00269301_9999991337.pdf

LA NOCHE DE EL RISÓN

Una historia romántica y un poco siniestra, mi “libro de miedo” (o más bien “de miedos”)  nacida de una noche vivida hace casi cuarenta años, en la Ría del Eo, en El Risón. Editada por Anaya, en tapa dura, con unas inquietantes ilustraciones de Pere Ginard, que me encantan: creo que completan muy bien lo que yo no fui capaz de contar.

Pego aquí unos párrafos del libro, en los que se explican algunas cosas…

¿Qué pasó aquella noche, en El Risón?
En realidad no puedo responder con claridad. ¿Pasó, siquiera? He contado pocas veces todo esto y, con tanto detalle, ninguna. Me he referido en muchas ocasiones, sí, a lo que llovió. Fueron las peores inundaciones que se recuerdan en la comarca, y pocos de los que ya vivían han olvidado la fecha, siquiera aproximada. También he hablado alguna vez del ambiente, tan intenso y romántico, de El Risón. Estaba rondando los quince años, y leía mucho, y creo que bien, todo lo que hay que leer con quince años. Los personajes de Pío Baroja, Salgari, Poe, Stvenson, Mary Shelley o Emily Brönte, me acompañaban a todas horas, y supongo que también en la noche de Castroniebla. Eran tiempos en los que aún se contaban historias en las cocinas, y en las noches sin luz eléctrica se tenía por costumbre que esas historias fueran de muertos y aparecidos, de la Santa Compaña y de cementerios. ¿Oí todo lo que estoy contando en El Risón, o se ha ido construyendo en mi mente a partir de simples anécdotas que escuchara de labios de los pobres marineros atrapados por la galerna, por otras leyendas? La lluvia, la furia de la ría, el interior lúgubre del chigre, las sombras violentas proyectadas sobre las paredes por la luz del petromax, el tabaco, el aguardiente…
Reconozco que guardo recuerdos imposibles de mi infancia, incluso alguno de antes de nacer: son criaturas de mi mente, sin duda. ¿Por qué no podría serlo también lo que viví allí, en El Risón? A veces, cuando lo pienso, quiero ser realista, y decirme a mí mismo que la muchacha pálida era una simple niña, guapa y lánguida, que había acabado allí por algún azar semejante al mío, que Sabel el Carbonero no hizo más que contar una vieja leyenda de un faro invadido por las ratas tras un naufragio, y que el marino alargado era nada más que un oficial que, esperando que amainara la tormenta, refirió una historia morbosa, para hacer más llevaderas sus horas y las nuestras. ¿Contó lo que recuerdo que me dispongo a escribir? Yo, juraría que sí. Si no fuera así, habría vivido toda mi vida equivocado.
Porque lo que yo recuerdo es que al cabo de unos minutos en los que los refugiados en la taberna volvieron a sus conversaciones, alguien, puede que el mismo marinero del dedo mocho, invitó al marino alargado a contar su historia:
“Ha dicho usted algo muy interesante, pero yo veo que usted está aquí como nosotros, y que fuma y bebe como nosotros. No me parece que sea usted un fantasma, la verdad.”
Intentó firmar su pulla con una risa, pero sonó tan aislada y extemporánea que la sofocó él mismo, a la mitad.
El marino alargado levantó despacio sus ojos helados hacia los del que había hablado y reído, y pareció por un momento que no iba a responder. La muchacha pálida estaba expectante también, y su compañero de mesa sonreía. Era la suya una sonrisa suficiente, algo cínica, y a mí me resultó irritante. En un momento susurró algo cerca del oído de la muchacha, y esta devolvió la confidencia con un mohín y una mirada desvaída. Pero pronto volvió a clavar sus ojos en la nuca del marino alargado.
Yo creo que fue el dueño de la taberna el que consiguió que hablara, porque sin que nadie se lo pidiera se acercó a la mesa y le renovó el vaso.
El marino alargado ni siquiera dio las gracias. Tomó el vaso, bebió un sorbo, se secó los labios y lo volvió a decir:
-Sí, mi propio fantasma.

SOY UN CABALLO

Y más de caballos: ha sido casualidad, pero los dos libros han llegado a la calle al mismo tiempo, pese a que sus caminos y sus ritmos han sido diferentes: es verdad que los dos, Tuva y Soy Un Caballo, arrancaron en el viaje a Asia, pero el segundo, el que ahora aparece, es para mí un objeto de ternura y cariño: representa, recuerda cientos de horas en compañía de niños y caballos, en la casa de Figueras. Posiblemente los mejores años de mi vida. Fue antes de ir a Tuva, de saber lo que ahora sé de los caballos: pero me bastó con saberlo para recordar cada instante, cada momento vivido: cada grito deln caballo, reclamando de nosotros, sus dueños, sus señores, un poco de comprensión. Los niños quieren a los caballos: pero ignoran mucho de ellos.
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En este libro trato de que niño y caballo alcancen un pequeño, modesto pacto: disfrutemos juntos del camino, del bosque, de la playa, incluso del pequeño y estrecho picadero. Buf, cuesta decir esto último. Pero por ahí va: por saberse, por comunicarse, por no irse en paz, dejando al caballo en un infierno: al menos, saberlo.
Ahora, mira las ilsutraciones de Esperanza León: nunca antes he sentido tanta cercanía entre mi texto y el dibujo. Empecé a sentirlo en “Bosque de Hoja Caduca”: ahí estaba: Esperanza me entiende, como entiende el bosque, como entiende al caballo. Soy un caballo, ella también.
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Y antes de que lo busques en la biblioteca, unas palabras para los editores: han cuidado el libro, texto y dibujo, como se debe cuidar a un caballo: con amor, con respeto, con ternura. Papel, tinta, maquetación… Para nosotros, un sueño de libro. Gracias a K.
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Y ahora, un fragmento: que no es nada, sin la ilustración de Esperanza. Pero algo dice, claro.

Montas en mí, sé lo que te gusta hacerlo. No pesas nada, eres una pluma, una caricia, una brisa.
Pero para montar me pones una manta y una silla de cuero de animal muerto. No me gusta porque huele a animal muerto. Y tampoco me gusta porque con ella por medio no siento apenas tus piernas.

Cuando montas sin silla, algunas veces, soy mucho más feliz. Siento cada presión de tus piernas, de tu cuerpo, cada gramo de tu peso. Y entonces tengo más cuidado, porque sé que te puedes caer. Yo procuro que te des cuenta, pero me parece que no.
Crees que me manejas con las riendas, con ese hierro horrible que me metes en la boca. ¡No sé cómo decirte que no hace ninguna falta!
Es más, el hierro me duele, y cuando tú me das un tirón se me clava en la boca.

Me gustaría poder decirte que me basta con sentir tu cuerpo, a pesar de la silla de cuero, y que si quieres ir a la izquierda yo lo noto, y que quiero ir donde tú quieres.
Y también que si quieres galopar no tienes por qué darme golpes, lo noto perfectamente porque tengo muy sensible toda la espalda: si te echas adelante es que quieres que trotemos.
Si quieres ir al galope aún te inclinas más. ¡No hay problema, si a mí me encanta galopar!
Si quieres ir a la derecha, antes de que tires de las riendas yo ya lo he notado en tus muslos, el izquierdo aprieta, el derecho afloja. Y al revés.
Te lo digo con mis movimientos, pero no me entiendes. Los humanos sois un poco tontos, además de peligrosos.

TUVA

Tengo un nuevo “hijo”. Se llama “Tuva”. Tuva es un país en el que, oí en la radio, había pastores nómadas de caballos que los domaban con música. No lo pude resistir, me apasioné: viajé hasta allí con Beatriz Coll y Alex Swainn, un inglés que me enseñó a domar caballos sin violencia, hablando el lenguaje equino. Que está basado en la naturaleza. La novela es al mismo tiempo una crónica del viaje. Me metí en la piel de un chico de 18 años, Marcos. Que fue protagonista de “Un loto en la nieve”: mi viajero recóndito. La novela está relacionada con “El síndrome de Mozart”, también: qué es la música, qué papel juega en la esencia humana: un poco más allá: en la esencia de los seres vivos. Nadie lo sabe. Los caballos son sensibles a ella, de un modo inexplicado, tal vez inexplicable. El “jomeid” es un arte chamánico, una música que mana de las raíces del hombre.
Tuva está en Asia: es su centro geométrico. Es más: origen de los chamanes, origen también de todos los pueblos indios que poblaban América desde hace muchos siglos. En su larga marcha, atravesando los hielos de Bering, perdieron a los caballos. Pero de alguna forma misteriosa su relación no se perdió. Su trato con los caballos, cuando estos llegaron con los europeos, fue mucho más civilizado que el que les daban los conquistadores, la vieja Europa.
En la novela hay también una sencilla historia de amor. Es una novela de aventuras, pero con un fin: tratar de descubrir si aún los pastores domaban a sus caballos con música. Los encontré. Más aún: una posible explicación: la explicación de los propios chamanes del origen de esa música.
No estoy especialmente orgulloso de la novela en sí (siempre me parezco torpe, limitado), pero sí de lo que cuento: un pequeño descubrimiento, más allá de lo que saben los propios cantantes actuales de jomeid.
La novela la publica Edelvives, en su colección Alandar. Una excelente colección de libros de todo el mundo en los que se trata a los jóvenes como seres inquietos, que quieren conocer otras realidades, otros países, otras formas de vivir: otros mundos en éste.
Hubiera preferido que la portada fuera una de las fotos que allá hice. Pero es lo que hay.
No sé si volveré algún día a Tuva: otros lo harán, tal vez tú. Pero sí que seguiré acercándome a los caballos. Con Alex, hombre sabio y generoso. El caballo es… Lee la novela, si quieres saber lo que ya creo que es el caballo. Misterioso, fascinante para algunos seres humanos. Hay una razón poderosa.
Tuva es parte de mi vida. Allí aprendí también pequeñas lecciones de vida y muerte.
Os ofrezco un pasaje. Sucedió en la taiga, no es una invención. Hasta allí llegamos, al corazón de las tierras vírgenes. En la estepa habíamos cabalgado con pistola, porque la hierba que se extendía a nuestro alrededor escondía peligros: mafias rusas que esclavizan a niños por unos rublos para que unten sus manos con resina de cannabis: esa es la hierba de gran parte de la estepa. Pero la taiga es tierra y bosque y ríos y un lejano humito que marca la presencia de un habitante humano en su casa: el ough: de lona y madera, circular, acogedor, dulce refugio.
Te espero en Tuva.
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Hotsagatsu quemó enebro, artysh, dentro de la estufa, dejó que saliera el humo, a medio camino entre lo ritual y lo profiláctico. El aroma de las ramas del enebro cambiaron el ambiente. Nos reclinamos sobre los cojines, suspirando por la satisfacción de la panza llena, fumamos, bebimos un vaso pequeño del destilado de leche, el aragá: olía a leche todavía, sabía a fuego. Uno de los jinetes no tardó en estar borracho, y Artjom le ordenó que se marchara. El hombre, oscuro y nublado, se levantó vacilante, y sus ojos echaban chispas, pero obedeció. Silencio. La puerta se cerró, hubo risas. Todos meneaban sus cabezas. Aydemir me explicó en voz baja que Artjom aceptaba el consumo de aragá, pero no el de vodka. Repliqué que el jinete sólo había bebido el destilado de la leche, pero Aydemir hizo un gesto que significaba: ¿Y antes?
Y cuando estábamos así, conversando en voz ya más baja, con todo lo que había que hacer en el día ya cumplido, el hijo mediano de Artjom se levantó y puso en marcha la televisión. Se veía mal, rayas de colores forzados distorsionando la imagen de una bailarina casta, luego de dos payasos; aún se escuchaba peor, pero la luz temblona ejerció su poder hipnótico, y se fue haciendo el silencio. Los niños en primera fila, las mujeres interrumpiendo la recogida de las fuentes, los hombres arrebujándose debajo de las mantas.
Yo, no entendía nada de lo que decían desde la televisión, pero no me atrevía a interrumpir el embotamiento alienado de los demás. Disimulando, comencé a escrutar sus rostros. Excepto mis compañeros de viaje, la mayoría eran desconocidos unas horas antes. La luz parpadeante iluminaba sus facciones paralizadas, átonas, casi amorfas. Los niños se habían dormido, uno sobre el pecho de uno de los jinetes, Idamchap en el regazo de la abuela, los dos con las mejillas arreboladas. El rocío caía sobre la lona, y no me costaba imaginarla desde fuera, una burbuja de vida suspendida, vieja y nueva al mismo tiempo. Desde dentro, aquella invasión de luces lejanas, aquella linterna nada mágica, me producía un sentimiento de angustia y melancolía. Mi mirada se cruzó con la de Artjom: me había estado observando en mi examen de los hipnotizados. Los miró también, luego la pantalla, cerró los ojos con fuerza. Como tantas veces, tuve la sensación de que había leído mis pensamientos. Saqué mi cuaderno; era mucho lo que tenía que anotar, para no olvidar.
De pronto, Artjom se levantó. No había ninguna expresión en su rostro, ninguna. Se dirigió hacia el televisor, lo apagó, lo desconectó. Miró de reojo a su familia, ninguno movía un músculo, atónitos todos. El silencio repentino dejó un hueco amplio, el de lo antiguo: la taiga resonaba en el ough como el mar en la caracola.
Tomó el televisor en brazos y atravesó la estancia, sorteando piernas y cuerpos. Lo apoyó con un muslo contra la barbilla y abrió la puerta. Todos seguían inmóviles. Miré a Aydemir, me devolvió la mirada con una sonrisa confusa. Yo no tenía ni idea de lo que pasaba. Artjom volvió a entrar en el ough al cabo de unos segundos, y sin mirar a nadie alargó la mano y escogió una escopeta muy usada, casi arcaica, y salió de nuevo a la noche. Al ver que cogía la escopeta sus hijos se levantaron de un salto, y salieron tras él. ¿Qué pasaba? Aydemir me hizo un gesto y se incorporó. Salimos. Los hijos de Artjom taponaban la visión, y apenas llegué a tiempo de ver al jefe llevándose el arma a la mejilla, después de que se escuchara el chasquido seco del cierre. Estaba a pocos metros del tronco de picar leña, sobre el que había posado el televisor. Ahora, apagado, ante el cañón, parecía un condenado con los ojos vendados ante el pelotón de ejecución, pidiendo clemencia. Pero no la hubo: sin un instante de duda, Artjom disparó, y el televisor se desparramó en pedazos de cristal y tripas de cable, osciló un instante, y cayó de espaldas. El eco del disparo volvió trepidando desde los distintos planos del valle, y se levantó una ola de ladridos, relinchos, balidos y mugidos. Me estremecí, aún me estremezco al evocar el disparo, el gesto seco y casi hierático de Artjom.
Bajó la escopeta, la aguantó con el antebrazo, metió la otra mano en el bolsillo de su chaquetón de cuadros y volvió con paso firme hacia el ough, sin mirar a nadie. Al pasar junto a mí pude escuchar su respiración, profunda y pausada, y me pareció escuchar una palabra apenas musitada que no entendí. Franqueó la puerta y nos dejó a todos fuera, en silencio, casi inmóviles. Un niño lloraba en el interior del ough.
A mi lado estaban Aydemir y Aneyhaak. Parecían tan sorprendidos como yo y tampoco decían nada. Volvimos a entrar con gestos mecánicos, sin que nadie se atreviera a hablar, todos con los ojos muy abiertos, supongo que con el corazón acelerado, como yo Poco a poco recuperamos nuestro lugar ante la estufa. Susurros. Mantas cubriendo piernas y pecho. Artjom se había sentado en la cama y miraba sin expresión alguna a sus hijos, sobre todo a Danzyrin. Esperaba algo de él. Danzyrin bajó la cabeza, asintió, se levantó, abrió el armario, sacó una guitarra. Mientras la afinaba, Artjom rompió su máscara inexpresiva en una sonrisa mientras se atusaba el bigote.
Y ahora, dijo, aquí se cuentan historias y se cantan canciones, como siempre ha sido.

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Una nueva criatura es una incógnita. Una cosa es cómo nace, y otra cómo crece. Y crece en el lector. Por eso, El Remoto Decimal, mi última novela publicada, es aún un enigma para mí. No sabría decir de qué va, porque como casi todo en esta vida, es hija de dos ideas que se han complementado: por un lado está la mente distinta, algo que siempre me ha apasionado: da igual que sea diferente por más o por menos, porque sea más completa o incompleta; da igual, porque tanto si es más capaz que la de los “normales” como si es menos capaz para la normalidad, desarrolla capacidades que todos, en principio, tenemos: un ciego huele mejor, oye mejor, toca mejor. Un sordo ve mejor, percibe mejor. Luego todos somos capaces de ver mejor, de oler mejor, de oir mejor, de percibir mejor. ¿Y un superdotado? No lo sé, estoy lejos de eso: por eso me apasiona. He conocido a algunos, he leído de muchos, y por eso intuyo que su mundo es apasionante pero frío: la inteligencia superior los aísla del resto. Eso es Apolo: alguien alejado de los demás, y alejado de algo aún más importante, o al menos igual: su capacidad de sentir, de emocionarse.
Su madre, por el contrario, siente, ha sentido toda la vida. Esa es la otra idea-madre de la novela: Luna. Tiene un secreto, un secreto en la luna; lo ha tenido siempre, y ha vivido con la sensación de que todo a su alrededor está equivocado. ¿Por qué su hijo no tiene esa capacidad de emoción? La tiene, pero aún no ha sabido encontrarla. Para intentar que viva, que sienta, que encuentre el camino de la emoción, le contará su historia, su secreto. Y aún falta otro personaje, tal vez el mejor: Magga. Sendero, en una lengua hindú. Magga tiene ambas cosas: una mente privilegiada, unos ojos que miran, unos oídos que oyen, una piel ansiosa de sentir, un corazón enorme. Y así, de esos tres vértices, fue naciendo esta novela. Espero que la disfrutes.
Este es el primer capítulo: es un principio, un arranque. Como el de cada día, como hoy, por ejemplo, en tu vida.

Mar de las Serpientes

Un chico de unos doce años camina por la calle del Ángel. Mira un autobús, o a su matrícula. Es un número primo. Además, las dos primeras cifras sumadas dan una cifra que si le resta la tercera da como resultado final la última. Hay gente para la que un hallazgo como este es un pequeño tesoro. Apolo, así se llama el chico, almacena la cifra en su mente. Es para siempre.
En la otra acera una chica algo mayor que él, le está contemplando. Se ha detenido junto a una farola y mira hacia Apolo con el ceño fruncido, concentrada. Trata de imaginar por qué Apolo se ha detenido en la acera mirando un autobús. Ella se llama Magga, es muy delgada y viste con osadía. Si no fuera por eso, casi nadie repararía en ella. Salvo Apolo, pero él no puede verla, está de espaldas.
En dirección contraria, pero en la misma calle del Ángel, una mujer se mueve entre los peatones con la vista en el cielo. En él se ve, si se busca, una pálida neula. Es la luna, pero como es de día y ya hay sol, parece pequeña. Salvo la mujer, nadie en la ciudad la mira. Ella también se llama así: Luna.
Ahora la clase está acabando, pero aún quedan unos minutos. Apolo está sentado, como siempre, en el rincón más discreto del aula, y solo. Magga está mucho más adelante, en la misma mesa que un chico que no para quieto. Tiene un mechón blanco en su pelo pajizo, y el mechón danza por encima de todas las cabezas. La profesora habla del libro que todos han tenido que leer, un libro que Apolo ha despreciado y que ha leído en diagonal, en unos minutos: le basta esa mirada rápida. Se trata de comentar el libro, la profesora pide opiniones. Apolo no da ninguna, pero Magga sí, Magga suele decir lo que él querría decir casi siempre, y esta vez no es una excepción: Es un libro vacío, opina.
La profesora, que teme las opiniones de Magga, su capacidad de análisis, y sobre todos sus preguntas, se muestra de acuerdo: muchas hojas para pocas cosas. Empieza por intentar justificarse, pero al final cede: sonríe y se excusa: elegirá mejor las lecturas. Añade que no hace falta escribir mucho, que aunque se escriba poco ese poco puede decir más que una novela gruesa. Parece recordar algo y escribe en la pizarra lo que llama “una novela muy breve”.
Apolo presta atención: ¿una novela en la pizarra? Lo duda, pero atiende.
La maestra desliza la tiza:
“La gacela pensó que el tigre era hermoso, un segundo antes.
Punto, fin de la novela.
La mayoría de los alumnos están perplejos, parlotean, se ríen. Magga y Apolo, cada uno desde su sitio, atienden.
La profesora espera, sonriente. Luego dice:
-Ya veis, hay planteamiento: la gacela y el tigre se encuentran en la selva, él la huele, ella lo ve. Hay nudo, conflicto: ella es presa, él es cazador. Pero a la gacela el tigre le parece hermoso. Hay erotismo -se oyen risitas en el aula cuando ella dice erotismo-, y también hay tensión, ¿qué va a pasar?
El autor de esta novela tan breve, sigue diciendo la profesora, expresó esa tensión con el elemento más pequeño posible: una coma. En esa coma, asegura, se acumula todo el drama: hay erotismo (esta vez no hay risas), tal vez amor, pero hay peligro. Y después, la conclusión, tan terrible como sugerida: “un segundo antes”.
-Todos entienden lo que pasa un segundo después; no hay sangre, no hay pelea, no hay mordisco. Pero donde antes había amor, ahora hay muerte.
Deja que la palabra muerte se pose sobre las cabezas de los alumnos; sabe, o cree saber, que para ellos es una palabra abstracta, muy lejana.
-Fin, y de nuevo de la manera más breve: un punto.
Apolo piensa con emoción roja, y en su mente quita los artículos:
“Gacela pensó que Tigre era hermoso, un segundo antes.”
Los animales se convierten así en personajes, en personas.
Mira a hurtadillas a Magga, espera captar una mirada suya, pero ella está atenta a la pizarra y a la profesora, con expresión concentrada. Apolo sueña con que él es Tigre y Magga es Gacela. Sueña que Magga le ve hermoso. Pero eso no es posible, porque Apolo se ve a sí mismo feo, insustancial: no es verdad, aunque tampoco se puede decir que Apolo sea un chico muy atractivo. Es un tipo corriente, un poco invisible, pero no feo. Sin embargo, él se ve como un bicho; el Bicho Candado, se llama a sí mismo. Lo de Candado, al menos, es verdad: está cerrado como un candado, no permite que nadie sepa, nunca, lo que piensa. En realidad, ni siquiera habla; apenas lo imprescindible, muchas veces ni siquiera eso.
Magga es todo lo contrario, la persona más abierta que ha conocido Apolo. Y más inteligente, si no se cuenta a él mismo. Es casi dos años mayor que él, va a cumplir los catorce. No los aparenta porque es pequeña y muy frágil, sus huesos parecen huesos de pájaro, se marcan en su piel morena. Pero tiene casi catorce, y la edad de Magga, esos casi dos años más que él, son un abismo. Comparten curso porque vino con sus padres de la India, nada menos, sin haber ido nunca a la escuela, y ha tenido que ir recuperando cursos, a toda velocidad. Sin haber ido a la escuela, y además enferma: tanto que llegó el año anterior en silla de ruedas. Ahora ya camina. Y cómo camina: en Apolo esa forma de caminar despierta algo desconocido, algo que, en su complicada mente, le lleva a la selva. Le perturba, pero le gusta. La coma de la que hablaba la profesora, piensa Apolo.
Pero a veces no sabe si él es Gacela y Magga Tigre, o al revés: a veces se siente así: Gacela, la presa.
La clase acaba, la profesora se va, deja con sus dudas a Apolo, conmocionado. Magga, Gacela. Magga, Tigre. No está seguro.

El Remoto Decimal ha sido editado en 2007 por SM, en la colección “Los Libros de Gonzalo”, Gran Angular.

Y aquí una reseña crítica publicada por el Club de Lectura Infantil de Barcelona, y firmada por Dolors García. Gracias, porque interpreta muy bien la intención del libro, si es que tiene alguna…

Apolo és un adolescent intel·ligent, però incapaç d’exterioritzar els seus sentiments, d’emocionar-se. Això impedeix que pugui comunicar-se amb les persones que l’envolten. Apolo pensa amb nombres, els considera superiors a les paraules. Els nombres no enganyen i ell desconfia de la resta de les persones perquè només utilitzen les paraules. Per això s’estima més el silenci.

Magga, una companya de classe, també té una ment privilegiada, però a més pot veure l’interior de les persones i arribar a connectar amb el millor d’aquestes. Ella és l’única que pot conversar amb Apolo perquè és constant i sap respectar-li els seus silencis. En paraules de l’autor, Magga és “una auténtica detective de las emociones”.

La mare del xicot, Luna, és el tercer personatge d’aquest triangle. Ella és una persona molt sensible i des de petita guarda un secret que l’ha fet creure que tot està equivocat al seu voltant. Per poder comunicar-se amb el seu fill, li haurà de desvetllar aquest íntim secret.

Gonzalo Moure sap crear uns personatges singulars a través dels quals ens adonem que la comunicació entre les persones és fonamental, però molt sovint falla. Es necessita temps, conèixer-se bé un mateix i així arribar a transmetre als altres allò únic que guardem en el nostre interior.

Són uns personatges que ens arriben a emocionar i que se’ns fan pròxims fins al punt que sap greu que la novel·la acabi i no es pugui continuar compartint les seves paraules.

Dolors García

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  • naia

    ola gonzalo
    el martes estuviste en la escuela de itsasoko ama de santurtzi yo soi una de las niñas que estuvo escuchando todo lo que dijiste. quiero que sepas que hubo momentos que se me calleron algunas lagrimas porque hubo cosas que me emocionaron un poco.
    tambien quiero ue sepas que el libro de “los gigantes de la luna” fue uno de los libros que mas me a gustado y que me voi a leer “palabras de caramelo”.
    disfrute mucho contigo y me hubiera gustado estar mas tienpo en el aula en el que estuvimos para escuchar mas cosas sobre ti. si no hubiera sido por ti ahora no me gustaria tanto “los gigantes de la luna”

    un besito
    naia

  • cynthia

    hola gonzalo
    me gustaron mucho tus palabras y tus sentimientos que dijiste en esa aula
    estuve muy contenta y feliz de verte en persona
    a no te lo e dicho pero soy una de las niñas del colegio itsasoko ama de santurtzi, una de las niñas que estuvo atenta el martes escuchandote y sintiendote

    un besito

    cynthia

  • marcela erice

    Hola Gonzalo:
    Hace años que no nos vemos pero ahora mirando el blog de musicaycooperación te encuentro.
    Iciar está en este momento en uno de los campamentos saharauis en el Ayun, haciendo las prácticas de su carrera, magisterio musical, siguiendo con el programa que tienen con un coro de niños y dando clases de guitarra.
    Solo quería decirte que quizás la semillita de esto la pusiste tu en esos dos veranos en que fueron mis hijas y mis sobrinos a tu casa en Figueras y tomaron el té que hizo uno de los niños saharauis que tuviste allí, no recuerdo su nombre pero sí las divertidas e interesantes reuniones hablando sobre libros y montando a caballo.
    Te deseo mucha suerte con la biblioteca y como veo que estás por allí quizás te encuentres con Itchi.
    Un abrazo,
    Marcela

    • eldeyar

      Marcela, qué sorpresa tan maravillosa!
      No logro ver tu correo, así que te contesto desde aquí, con la esperanza de que me leas y le digas a Iciar que estoy aquí, en el campamento de Smara, construyendo una biblioteca publica e impulsando nuestro bibliobús, el Bubisher (puedes verlo todo en bubisher.com). Dile que me llame, a ver si podemos vernos aunque sea un rato!
      Mi tf aquí es el 066 88 27 073
      Me encanta que me digas que tal vez aquellas tardes de té con Manni y Limam están en la base de Iciar… Eso es lo que trato de hacer aquí, en sentido contrario. No sabes lo hermoso que es este trabajo, despertar corazones de niños hacia la cultura, la libertad, el conocimiento…
      Un beso enorme, y escríbeme a mouregonzalo@telefonica.net para que podamos seguir comunicándonos. Y ya nos veremos este verano, espero.

  • Begoña

    Soy profesora de quinto de primaria en un colegio de Madrid, y me gustaría invitarte a nuestro centro y conocer a los chavales, que año tras año, van disfrutando de tus relatos.

    La experiencia de ver el cuerpo y la cara de quien sujeta las manos que mueven mágicamente las palabras, puede ser mucho más que enriquecedor para nuestros chicos.

    Esperamos con ilusión tu confirmación a tan humilde invitación.

    Un saludo. Begoña P.

    • eldeyar

      Hola, Begoña! Muchas, muchas gracias por tu invitación. Escríbeme a mi correo, por favor: mouregonzalo@telefonica.net
      Como seguramente habrás visto, este año he pasado cuatro meses del curso en el Sáhara, con el Bubisher, y eso ha comprimido mi agenda tanto, tanto, que ya no me queda una sola fecha libre hasta fin de curso… Pero escríbeme, y hablamos.

  • tito

    ola gonzalo soy tito el niño del cossio del libro caballo loco el recortador podria pedirte k al final del libro hiciese un concurso nacional de recortes en las ventas y ganase con 12 años

  • Ceip A Solaina Rocío

    Hola, soy Rocío, te mandé un correo espero que puedas leerlo y si no fuera mucho pedir, responder, saludos, me encanta el tipo de libros que escribes sonmuy educativos y preciosos.

  • Bueno por donde empiezo haber haber mirar yo voy a 1 de la eso y he leido lili liberttad y el autor va a venir al cole alguin me puede decir alguna preguta

  • Hola GONZALO me ha encantado el libro y gracias por la charla que nos diste en el cole de Salinas gracias besos de tod@s :B

  • Pepa

    Hola Gonzalo, soy una maestra de primaria y desde que fuiste a un instituto de Huelva a hablar de “Palabras de Caramelo” coménzó el interés por tus libros. Por casualidad y buscando en este gran medio, encontré tu vídeo sobre Tuva. Me ha parecido interesante y se lo reconmendaré a los niños de mi clase de 6º que ya te conocen, por: palabras de Caramelo, Los gigantes de la luna y los caballos de mi tío.
    Saludos de todos mis alumnos que a través de tus libros te van conociendo.

  • Gonzalo

    Hola, Pepa. ¡Muchas gracias! Guardo muy buenos recuerdos de los centros de Huelva, y acabo de estar presente mediante un video en el IES La Marisma, en la inauguración de su biblioteca, con Paqui, su impulsora.
    No sé si Tuva estará al alcance de la mayoría de los chavales de 6º, pero puede ser una experiencia interesante. Que vean el video, para saber que es una experiencia real, que el viaje que hace el protagonista lo hice yo, y por eso escribí el libro.
    Y si para ir haciendo la lectura necesitas de alguna comunicación mía, adelante, dímelo, y les escribo o mantenemos una videoconferencia. Siempre he pensado que leer en el colegio o el instituto tiene que ser una experiencia de aprendizaje, y esta es una buena oportunidad.
    Un abrazo.

  • Pepa Casatejada

    Me alegro que hayas respondido. El libro de Tuva está previsto que lo lean después de navidad. Ya se han leído más libros tuyos y eres el autor que más conocen. También lo he elegido por relacionarse con temas de geografía de Asia. Lo del vídeo ya lo tengo previsto, antes que comiencen a leerlo. Lo de la vídeoconferencia me parece muy bien, lo iré mirando, es una idea magnífica.
    Me pondré en contacto con el IES la Marisma, ya no trabajo en Huelva, pero mi colegio está en Lepe, un pueblo cercano y también tengo una alumna sorda en la clase.
    Gracias por responder.
    Un fuerte abrazo